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sábado, 27 de junio de 2009

Mucho en juego

Nos miramos con complicidad. Yo te tiré un beso y vos me guiñaste un ojo. Me reí de los nervios pero traté de disimular porque no quería que ellos se dieran cuenta de lo que teníamos. Había que esperar, actuar con aplomo, no podíamos comportarnos como dos chicos. Yo tenía treinta y uno y vos treinta y tres. Ellos tenían mucho menos.

Me hiciste una seña para que no dijera nada, vos te ibas a ocupar de todo.

Había mucho en juego, no podíamos permitir que ellos sospecharan. La jugué callada, obediente a tu pedido. Pero ahora había llegado tu momento y era hora de poner las cartas sobre la mesa.

O tal vez no. Mi marido empezó a mirar a mi hermana, desesperado, demandante. Vos te diste cuenta y decidiste que no era el momento de decir nada. La dejaste pasar para que él recuperara la confianza. Ahora me mirabas incisivo, autoritario. Sin decir nada me gritabas “decilo”. Sin decir nada te rogué “ahora no, no es el momento” pero me rogaste con los ojos “sí, decilo, confiá en mí, yo sé lo que te digo”. Y lo dije. Y se fueron al mazo.

Nos quedamos con las ganas de poner el ancho de basto sobre la mesa pero alcanzó para ganar. Ahora van a tener que lavar los platos durante todas las vacaciones.

sábado, 20 de junio de 2009

El fin de la pipeta corneta

Volvía una noche de un velorio de alguien lejano pero cercano a alguien cercano mío. Eran casi las dos de la mañana. Manejaba bastante dormida, tratando de que la radio se encargara de que el “bastante” no se transformara en un “completamente”. Soñaba - no literalmente, claro – con darme un baño y abrazarme a la frazada, la almohada y cualquier cosa mullida y cálida que mi cuerpo en estado de reposo pudiera disfrutar.

A tan sólo doscientos metros de hacer realidad mi sueño vi a un grupo de personas, una de las cuales empezó a encandilarme con una linterna. Sin entender demasiado qué pasaba seguí la marcha tal cual como venía pero ahora la persona estaba delante de mí y sostenía con firmeza la linterna cegadora. Por unos segundos sentí miedo, luego vi que se trataba de un policía y sentí más miedo pero parecía que no tenía muchas opciones (yo) porque sostenía estático y determinado (él) la linterna y su cuerpo delante de mi auto. Así que frené y me acerqué al cordón. Elaboré mil hipótesis en los dos segundos que me llevó bajar la ventanilla. Pero eso no importa ahora.

El señor agente me saludó tocándose la gorra y me explicó que tan sólo iban a hacerme un control de alcoholemia por lo que agradecí a un Dios en el que no creo el hecho de que en los velorios no se acostumbre beber. Así es que soplé la pipeta, corneta o como sea que se llame y una vez comunicado el resultado exitoso fui liberada amablemente y sin demoras. Así que el plan de abrazar lo mullido estaba a punto de concretarse.

Me di el baño ansiado y me metí en la cama pero el episodio, tontísimo él, había logrado desvelarme. Empecé a pensar en la forma en que se chequea el nivel de ebriedad que uno tiene y no me pareció justo. Conozco gente que se emborracha oliendo un perfume y conozco gente que se puede tomar el baúl de un Renault 9 de vino y no se le mueve un pelo. Entonces, ya muy desvelada, me puse a diseñar una propuesta acerca de cómo medir no el nivel de alcohol sino el nivel de estragos que quien ingirió el alcohol podría llegar a cometer. Sólo quien ha perdido sus reflejos, parcial o totalmente, es capaz de poner en peligro a la población con su manejo. Así es que deberíamos chequear si el examinado ha sufrido alguna merma en sus sentidos, independientemente del aliento a alcohol que excita a la pipeta corneta y la hace gritar un sí a los cuatro vientos como si de su casamiento se tratara.

Consideré justo entonces someter al sospechoso a un combo completo de proezas debiendo el mismo aprobar la totalidad de ellas. La pipeta corneta sería sólo un mal recuerdo de injusticias del pasado.

Las pruebas debían ser variadas: salir airoso de una breve guerra de canciones, repetir tres veces un trabalenguas a elección, resolver un sudoku en 5 minutos, jugar al 123 domingo, saltar en un pie con una bandeja llena de tazas, por mencionar algunas.

Dos motivos principales me llevan a no entrar en detalle. Este relato se ha hecho muy largo y tuve hoy un velorio y quiero ya darme un baño y meterme en la cama.

sábado, 13 de junio de 2009

Fuiste vos

La encontraron en el piso, igual que la última vez. Más preocupados por hallar un culpable que por levantarla, empezaron a acusarse mutuamente. Inés a Marco, Marco a Inés. Las acusaciones iban y venía como en un ping pong siniestro y sin sentido. El gritó y puteó y volvió a gritar que era injusto que Inés lo culpara como siempre de todo. Ella lloró, se tapó la cara, tosió y finalmente gritó también que tenía motivos para saber a ciencia cierta que todo había sido obra de él. Él la agarró de los hombros, la insultó y le juró que él no había sido, no esta vez, esta vez no. “Esta vez fuiste vos, estoy seguro” le dijo él, ahora sí llorando pero de la bronca. Porque los hombres lloran sólo de bronca. La toalla seguía en el piso.

viernes, 5 de junio de 2009

¿Para qué sirven las uñas?

Supongo que habrá una explicación técnica acerca de la verdadera utilidad de las uñas. Sin recurrir a una enciclopedia, al google o al manual Kapelusz de 3° grado, a priori puedo decir que cualquier todólogo declararía que sirven para proteger los dedos. Pero ¿para protegerlos de qué? ¿Quién podría querer hacerle daño a un indefenso dedo? Más aún, en caso de recibir el dedo un golpe importante y certero, la uña no suele jugar un papel de escudo protector. Muy por el contrario tiende a autoprotegerse para no arriesgarse a quedar ella con un feo color negro.

Obviamente el ser humano se ha visto obligado a encontrarle utilidad a una cosa que no la tiene y que, además de carecer de beneficios funcionales claros, está ahí para ser cuidada, emprolijada, embellecida. Y esto de “embellecida” ya no es patrimonio exclusivo de las mujeres sino que también los señores se han sumado a las filas de quienes necesitan o quieren ver algo bonita esa última parte de sus extremidades. Claro está que aún persisten y hasta son mayoría aquellos que consideran que cortarlas al ras con un cuchillo tramontina los convierte o enfatiza como machos en la vida. En los casos extremos encontramos incluso a quienes odian a sus uñas por no comprender su verdadera razón de ser y consideran por eso tiempo perdido dedicarles un espacio en sus agendas. Podemos detectarlos fácilmente en los semáforos rasqueteando con sus dientes a la malograda enemiga.

Las mujeres en cambio parecemos tenerles más aprecio o al menos comprendemos que una vez puestas ahí tenemos que tratarlas con la misma devoción con la que tratamos – no todas, claro está – al resto de nuestra parte externa de nuestra femenina humanidad. Les dedicamos precioso tiempo, las pintamos y decoramos y nos ponemos extremadamente tristes cuando una de ellas nos abandona parcialmente dejándonos, adherida al dedo, una porción importante de ella pero feamente terminada. Cabe agregar que en estos casos se para el mundo hasta que encontramos una lima salvadora, no obstante sólo retornamos a la completa calma cuando podemos hacernos tiempo para emparejar a las 9 compañeras (los roedores de uñas de los semáforos suelen no comprender la magnitud de estos conflictos).

Pero bellas o feas, no podemos comprender su verdadera utilidad por lo que les hemos ido inventando algunas utilidades compensatorias que claro está cobran valor dependiendo de su longitud. Rascarse, en el sentido literal de la palabra, parece llevarse todos los premios. Socialmente menos aceptada pero en segundo lugar destacamos su inmensa capacidad para destrabar algún alimento de pequeña magnitud de algún espacio interdental. Menos frecuente que la primera pero más aceptada que la segunda es imposible negar la participación estelar de la uña en la dura contienda de intentar despegar una cinta scotch. De todas formas no parecen ser éstas grandes ventajas, entonces ¿para qué sirven las uñas?

domingo, 31 de mayo de 2009

¿Me convidás alfajor?

- ¿Me convidás alfajor?
- No
- Qué mala que sos - dije, porque en esa época yo no decía todavía “metételo en el orto”

Ese día me di cuenta de la clase de persona que eras. Hay en el mundo dos clases de personas: las que te convidan alfajor y las que no. Y eso es indiscutible. Las que no convidan son las mismas que no prestan la goma, le ponen nombre a los lápices y te prestan solamente la muñeca lisiada.

Así y todo, tal vez por un principio de masoquismo que se agudizó con los años pero que ya comenzaba asomar, decidí hacerme amiga tuya. Tampoco era época de grandes decisiones, casi que ni de pequeñas decisiones. No decidíamos nada. Nos formaban y sentaban por altura y como ya en ese entonces yo no me destacaba en cuestiones de verticalidad (y vos menos) quiso el destino, o la señorita Ana, que compartiéramos el primer banco del aula.

Así es que empezamos una relación sin querer. Nos odiábamos pero no teníamos opción, parecía. Porque el increíble mismo ritmo al que crecíamos nos mantenía siempre unidas, a veces vos me pasabas, después yo volvía a crecer un poco pero siempre nos conservábamos más o menos a la misma poca distancia del piso del patio (y de todos los pisos en general pero el del patio era el único que nos preocupaba). Actuábamos en todos los actos porque a alguien se le ocurrió que las bajitas éramos más estéticas a la hora de bailar el carnavalito y esas cosas. Y la que había ganado momentáneamente más altura salía premiada actuando de varón, lo cual era terrible porque era terrible y porque te pintaban bigote.

Tu mamá se hizo amiga de la mía y empezó así una serie de invitaciones a tomar la leche y a jugar. Y como era de esperarse me prestabas la muñeca cuadripléjica y los juguetes más pedorros. Totalmente previsible.

Te odiaba, rezaba a la noche porque te cayera un rayo y así poder sentarme sola.

Y ahora que ya pasamos los 30 (y no importa por cuánto los pasamos, no da ponerse realista al final de un relato altamente distorsionado) me río cuando mi ahijado, tu hijo del medio, viene a jugar a casa y mi hija lo tortura, mientras vos y yo tomamos café con cualquier cosa menos alfajores porque vivimos a dieta.